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Técnica · Natación

Cómo se entrena la técnica de crol

El crol es el estilo que casi cualquiera cree dominar y el que más tiempo exige corregir. No se mejora nadando más rápido: se mejora nadando despacio, con atención y con una lista corta de cosas en las que fijarse cada día.

Rubén Otero · Redacción SwimScroll Publicado el Actualizado el

La primera decisión de cualquier plan de técnica es aceptar que el nadador no puede corregir dos cosas a la vez. En una sesión de una hora, un grupo de perfeccionamiento trabaja como mucho un aspecto, y lo hace con series cortas, pausas amplias y velocidad deliberadamente baja. La razón es fisiológica: cuando aparece la fatiga, el cuerpo regresa al patrón antiguo, que es el que tiene automatizado. Corregir con el pulso alto consolida el error en lugar de eliminarlo.

Piscina cubierta vacía con las calles marcadas en el fondo y los números de andén visibles en el bordillo
Las sesiones de técnica suelen programarse en las franjas de menos ocupación, cuando la calle está libre y el agua no tiene oleaje de otros nadadores.

La posición del cuerpo manda sobre el resto

Antes de tocar la brazada, el entrenador mira la línea del cuerpo. Un nadador con las caderas hundidas arrastra un plano inclinado por el agua y multiplica la resistencia frontal; ningún ajuste de brazos compensa esa pérdida. La corrección habitual pasa por la posición de la cabeza —mirada hacia abajo y ligeramente adelante, nuca alineada con la columna— y por una activación suave del abdomen que impida que la pelvis caiga.

El ejercicio de referencia es el deslizamiento en posición horizontal con un solo brazo extendido, sin batido o con un batido mínimo, contando cuántos metros avanza el cuerpo antes de detenerse. Es un test poco sofisticado pero muy revelador: dos nadadores con la misma fuerza pueden diferir notablemente en ese recorrido pasivo, y esa diferencia se traduce después en cada largo de la sesión.

El agarre: la fase que nadie ve

La brazada de crol se descompone en entrada, agarre, tracción, empuje y recuperación. De todas ellas, el agarre —el momento en que el antebrazo y la mano se orientan hacia atrás para «apoyarse» en el agua— es la más determinante y la más difícil de sentir. Un error frecuente consiste en empezar a tirar con el codo bajo, de modo que la mano empuja hacia abajo en lugar de hacia atrás: el nadador se eleva, se cansa y avanza poco.

Para trabajarlo, los clubes recurren a series con paleta pequeña, a nado con puño cerrado —que obliga a buscar el apoyo con el antebrazo— y a ejercicios de brazada interrumpida, donde el nadador se detiene un instante justo en la posición de agarre. La instrucción no es «tira más fuerte», sino «mantén el codo alto y deja que la mano se quede quieta mientras el cuerpo pasa por encima de ella».

Claves de una sesión de técnica

  • Un solo objetivo por sesión, enunciado en una frase corta.
  • Series de veinticinco o cincuenta metros, con descanso suficiente para llegar fresco al siguiente repetido.
  • Velocidad baja o media: la técnica se aprende por debajo del umbral de fatiga.
  • Conteo de brazadas por largo como medida objetiva de eficiencia.
  • Una comprobación externa —vídeo, espejo del fondo o la mirada del entrenador— en cada bloque.

El rolido de cadera y el papel real de las piernas

El crol no se nada con el cuerpo plano. El tronco gira alrededor de su eje longitudinal, y ese giro —el rolido— cumple tres funciones: alarga la brazada, facilita la salida del brazo en la recuperación y permite respirar sin levantar la cabeza. El movimiento nace en la cadera, no en el hombro. Cuando un nadador rota solo la parte alta del cuerpo, aparece la típica brazada cruzada, con la mano entrando por delante de la línea media y el cuerpo serpenteando.

El batido de piernas, en las distancias largas, no aporta tanta propulsión como suele creerse: su función principal es estabilizar el rolido y mantener las caderas altas. Por eso muchos entrenadores programan batido con tabla y sin tabla en dosis moderadas y prefieren invertir el tiempo restante en la coordinación entre brazos y cadera. En pruebas cortas, en cambio, el batido de seis tiempos sí contribuye de forma directa a la velocidad.

Respiración: bilateral como herramienta, no como dogma

Respirar cada tres brazadas obliga a alternar el lado y equilibra el rolido, lo que la convierte en una excelente herramienta de aprendizaje. Eso no significa que la competición deba nadarse así: en pruebas de velocidad, el nadador respira por su lado dominante o incluso reduce las respiraciones al mínimo. La bilateral se entrena para corregir asimetrías; después, cada nadador ajusta el patrón a la distancia que compite.

«Cuando un nadador baja de sus brazadas habituales por largo sin perder tiempo, la técnica ha mejorado. El resto son sensaciones.»

Criterio habitual en los grupos de perfeccionamiento

Cómo medir si la corrección funciona

La medida más extendida en los clubes combina dos datos por largo: el tiempo y el número de brazadas. Sumados, dan un índice que refleja la eficiencia del nado. Si el nadador reduce brazadas pero pierde tiempo, ha ganado deslizamiento a costa de ritmo; si baja el tiempo aumentando brazadas, ha ganado frecuencia sin ganar técnica. La mejora real aparece cuando ambos valores bajan o cuando uno baja y el otro se mantiene.

Ese índice se anota a lo largo de la temporada en la misma distancia y a la misma intensidad, para que las comparaciones tengan sentido. Es un procedimiento sencillo, accesible para cualquier club sin equipamiento especial, y suele resultar más útil que la impresión subjetiva del nadador, que tiende a mejorar antes que su técnica.

Por último, conviene recordar que la técnica no se conquista: se mantiene. Un nadador que pasa dos meses sin sesiones específicas vuelve a arrastrar los defectos antiguos, aunque conserve la forma física. Por eso, en la planificación anual de un club, el trabajo técnico no desaparece durante el periodo competitivo, sino que se reduce en volumen y se conserva como recordatorio semanal.

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